Recuerdo
ese momento como el instante más preciso, como el retrato que no haya imaginado el adepto al
hipódromo cuando cruza su caballo, en el momento que la melena del fornido
animal, al pegarse al suelo se extiende, como que flota, y acaricia la
horizontalidad de la línea blanca a su costado. No recuerdo ese momento como
una fotografía. Una imagen es perpetua. Miles, de forma consecutiva, son casi
una filmación cuadro por cuadro. Claro, se alejaría de la foto novela por su
carácter Warholiano, pero se acercaría a la poseía y a la somnolienta
inmensidad de la muerte.
Una bella mujer mirando ropa, una tras otra,
levantándolas en el aire. Extendiéndola de los hombros, gesticulando, dando su
parecer y colocándola en el montículo correspondiente. Lentamente, con la suavidad
del aire que acaricia el algodón que va reposándose ¡Está sí! ¡Está no!
Ultimando el detalle, deteniéndose en la parte que cayó un poco doblada.
Un jovencillo muchacho, lleno de granos en su rostro,
tomando con las dos manos el celular totalmente abstraído. No se encontraba
agarrando su teléfono móvil, sino que parecía ser tomado por él. Tanto, que
asimilaba la forma del teclado. Específicamente la letra "i", por su delgadez y
por ese punto negro con aureola morada en su rostro. Toda una i, contraída, con
sus hombros caídos y cerrados, por su cabeza gacha y sus piernas constreñidas. Apretándose
una a la otra. Apretando, su corta edad en una pantalla de diamantes.
Una mujer haciendo cuentas en una libreta pequeña.
Cuadriculada. Concentrándose al son de una lapicera turquesa, que utiliza como
batuta. Parece que no mira. O más bien parece que mira números en el aire. Algo
susurra pero nadie parece escucharla. Igual, sospecho que no daría importancia.
Ella seguiría. No puede perder el número exacto. Sus piernas también están
cerradas, y se debe a eso, quiere aprisionar al dos, al cuatro o al seis. El
uno y el siete suelen escabullirse. Lo sabe. Su figura lánguida le permite esa
destreza.
Y la abuela. Persona estática. Casi una fotografía eterna.
Con un batón de flores que le da vida, y hace brillar sus rodillas. En la punta
visible, una rosa se expande. Casi que se pone al frente ¿Sería una carta de
presentación? Callada, silenciosa, pero con las justeza exacta de la vida. Sabe
que tiene que sonreír, que es la respuesta perfecta. Quizás sean todos sus
movimientos. Quizás sean los más agraciados.
Casa pequeña, colonial. Esas casas que sentís que no
aprietan. Que podes perderte en un sitio silencioso y esperar que pasen horas
antes de escuchar algún grito de auxilio, de ayuda, paredes altas y llenas de
adornos que hacen conocer la historia escrita con pinceles de cal. Retratos,
adornos, buzos colgados en un perchero impreso del día a día. Y sobre todo,
verde. Plantas diferentes, arboles.
Como olvidar semejante imagen. Cargada de evolución y rodeada
de vida. De verde. Si son esas imágenes que transforman al observador en un
único, e irrepetible, manifestador de
momentos eternos. No hay como el momento, que dejo de ser momento, y que
inmediatamente se convirtió en pasado. Y
mayor es su acentuación, cuando sólo se observa por dos ojos dañados. Y que las
personas más cercadas a visualizarlo, son los niños que juegan a la pelota en la
esquina.
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