La muerte de un hombre debe ser
instantánea, punzante, rápida, total. Ningún hombre toleraría el agobio de una
muerte lenta y pausada. Pues para el hombre que se guía por sus ojos, que va
recopilando espacios llenos de silencios, olores perpetuos que son capaces de
forjar la locura, sonidos que se desfiguran con el viento de algo añejo y
lejano.
El hombre es instante, es aquí y
ahora. No es pasado. Tal vez sea mañana, pero para que sea cierto, debe
observar la luz que reluce, mínimamente, como cuando el sol impacta en una
puerta de roble. Y que por su mirilla, del lado de adentro, un arcoíris
circular y diminuto que se choca con alguna pared, da señales de existencia, de
ser, sin importar que tan grande sea ese visor hacia el otro lado. Pues si uno
mira para observar el exterior, queda enceguecido, y con la ñata pegada al
roble es muy difícil tener una visera, o la mano perpendicular a la altura de
las cejas, que de sombra.
La mujer es diferente, puede ser
muerta lentamente. Pues para ellas, los ojos no son más que otro sentido.
Pueden llevar la muerte en su cartera, al lado del rímel, y encarnarlo. Hacer
que recorra todo su cuerpo, volverse gigantes y pisar a la muerte como una
colilla de tabaco. Retorcerlo para un lado, y para el otro. Hasta que esa
muerte sea la nada misma. Porque la mujer es sentimiento, sopesa la
consistencia, lo analiza, y luego se encarga de su desaparición absoluta. Es
por ello que la muerte para consigo misma, no es una cosa pesada de
transportar.
Es por ello que considero estas
diferencias ante la muerte. Sin intensiones de querer confundir, con el acto
mismo, sino que más bien, con rigor de querer ensamblarlo con la vida. Que no
deja de ser muerte ni aun siendo eterna.